martes, 27 de septiembre de 2011

La insoportable vacuidad del ser.

La princesa cepillaba sus cabellos sentada al borde del estanque. Como cada día desde hacía unos cuantos, un sapo salió de entre los nenúfares para hacerle compañía. Durante un par de horas bailaba para ella agitando sus patitas, croaba alguna de las canciones de moda o contaba chistes sucios que hacían sonreír y sonrojar a la bella princesa.


Una mañana la joven leyó en un magazine de moda, que se conocían algunos casos de sapos, que tras ser besados por bellas señoritas, se convertían en apuestos príncipes. Esa tarde la joven bajó al estanque con una extraña agitación en el pecho. Cuando el batracio saltó fuera del agua la princesa le comentó lo que había leído, y aunque jamás había escuchado nada igual, se dejó besar por la dama.

Desapareció en medio de una espiral de humo y efectivamente reapareció convertido en un apuesto príncipe, de rubia melena y gallardo porte. La princesa, hipnotizada por su belleza y deslumbrada por el brillo de su armadura, le cogió de la mano y juntos subieron el camino que conducía a palacio.

El sapo, sorprendido y fascinado por su nuevo aspecto no paraba de mirarse al espejo, acariciarse el pelo y palparse los músculos de los brazos.

- ¿Habéis visto mis brazos princesa? ¡Mirad que músculos donde  antes no había más que un par de esmirriadas ancas!

- ¿Os habéis percatado, princesa, de lo dorados que lucen mis cabellos al sol? ¡Antes no me cubría más que piel rugosa y espesa!

- ¿Habéis observado mis blancos y fuertes dientes y mi voz potente y grave?¡ No cómo mi anterior croar, que no intimidaba a nadie!

Esa misma noche, mientras el príncipe dormía, la princesa se escabulló fuera y bajó al estanque, a ver, si con un poco de suerte, encontraba algún sapo insomne que le contara un chiste verde, o que croara canciones de moda y la hiciera reir un rato.

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